¿Evitar la redundancia?
En nuestras primitivas etapas de entendimiento debemos asumir que todo acontecimiento ocurre al azar, que los acontecimientos no se interrelacionan, que el mundo es completamente incierto y desordenado. Los físicos tienen un término para esta ambigüedad: la llaman entropía. Al ir comenzando el relato de los acontecimientos, se impone una estructura de ellos; reducimos nuestra ambigüedad, reducimos la entropía.
El intento de reducir la entropía es uno de los propósitos del hombre en su deseo de realizar su medio ambiente. Llevamos este intento dentro de nuestra conducta del lenguaje e imponemos estructuras que aumentan nuestra capacidad de predecir.
Por ejemplo, en castellano, la letra q es siempre seguida de la u. No hay palabras que contengan la q sin ser seguida de la u. Cuando vemos una q, podemos prever que la próxima letra será u, y nuestra previsión será cierta. La probabilidad de una q sin la u se reduce a cero; no hay incertidumbre, no hay entropía.
Podemos considerar esto como una forma de repetición o reiteración. El término técnico para esta relación es redundancia. Definimos la redundancia como el complemento de la entropía. Al aumentar la entropía disminuye la redundancia. Al aumentar la redundancia disminuye la entropía o incertidumbre. Mencionamos esto para ilustrar el hecho de que la redundancia en la comunicación no debe ser vista como inconveniente.
No formulamos una crítica sobre el mensaje al decir que es redundante. Todos los mensajes son redundantes en variados grados. El lenguaje tiene estructurada, dentro de sí mismo, esta redundancia. La cuestión no radica en si es redundante o no el mensaje, sino en cuándo la redundancia es útil para aumentar el efecto del mensaje sobre el receptor.
La redundancia necesaria para aumentar la comprensión o la aceptación es conveniente, satisfactoria; la que no es necesaria para el receptor es superflua. En ambos casos, la redundancia se deriva de las relaciones signo-a-signo dentro del lenguaje, del alcance con que podemos prever un signo a partir de otro, de las relaciones estructurales y los significados que tenemos para estas relaciones.
BERLO, DAVID K. (1971) El proceso de la comunicación, Buenos Aires, Ed. El Ateneo, , pp. 153-154.
En nuestras primitivas etapas de entendimiento debemos asumir que todo acontecimiento ocurre al azar, que los acontecimientos no se interrelacionan, que el mundo es completamente incierto y desordenado. Los físicos tienen un término para esta ambigüedad: la llaman entropía. Al ir comenzando el relato de los acontecimientos, se impone una estructura de ellos; reducimos nuestra ambigüedad, reducimos la entropía.
El intento de reducir la entropía es uno de los propósitos del hombre en su deseo de realizar su medio ambiente. Llevamos este intento dentro de nuestra conducta del lenguaje e imponemos estructuras que aumentan nuestra capacidad de predecir.
Por ejemplo, en castellano, la letra q es siempre seguida de la u. No hay palabras que contengan la q sin ser seguida de la u. Cuando vemos una q, podemos prever que la próxima letra será u, y nuestra previsión será cierta. La probabilidad de una q sin la u se reduce a cero; no hay incertidumbre, no hay entropía.
Podemos considerar esto como una forma de repetición o reiteración. El término técnico para esta relación es redundancia. Definimos la redundancia como el complemento de la entropía. Al aumentar la entropía disminuye la redundancia. Al aumentar la redundancia disminuye la entropía o incertidumbre. Mencionamos esto para ilustrar el hecho de que la redundancia en la comunicación no debe ser vista como inconveniente.
No formulamos una crítica sobre el mensaje al decir que es redundante. Todos los mensajes son redundantes en variados grados. El lenguaje tiene estructurada, dentro de sí mismo, esta redundancia. La cuestión no radica en si es redundante o no el mensaje, sino en cuándo la redundancia es útil para aumentar el efecto del mensaje sobre el receptor.
La redundancia necesaria para aumentar la comprensión o la aceptación es conveniente, satisfactoria; la que no es necesaria para el receptor es superflua. En ambos casos, la redundancia se deriva de las relaciones signo-a-signo dentro del lenguaje, del alcance con que podemos prever un signo a partir de otro, de las relaciones estructurales y los significados que tenemos para estas relaciones.
BERLO, DAVID K. (1971) El proceso de la comunicación, Buenos Aires, Ed. El Ateneo, , pp. 153-154.
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