martes, 17 de junio de 2008

Referencia parentética

De acuerdo con la contraportada de la edición de Ensayo de un crimen, publicada en 1986 por la Secretaría de Educación Pública, Rafael Solana afirma que Rodolfo Usigli retrata en forma no exenta de sarcasmos a amigos y conocidos, y que el escritor reconstruye la vida cotidiana de la ciudad de México con “trazos tan fuertes” y “acopio de detalles”. Mientras José Emilio Pacheco en el prólogo de Tiempo y memoria en conversación desesperada asevera que es una de las mejores novelas mexicanas y que tiene el mérito de ser una de las primeras en donde se muestra la “nueva ciudad” y en la que es posible que convivan personajes reales e imaginarios (1981:13).
La detallada reconstrucción que hace Rodolfo Usigli de la capital mexicana de la primera mitad de la década de los cuarenta posee la riqueza de su siempre atenta mirada de observador de la realidad y la rica fluidez de su prosa, que capturan de inmediato al lector de Ensayo de un crimen. En medio de un caudal de recursos narrativos que emplea el autor, es preciso destacar, que esta fascinante reconstrucción de la vida de la ciudad de México es la que el lector aprehende inmediatamente de la novela, pasando por alto o dejando en segundo término otros aspectos de la obra.
El escaparate que construye Rodolfo Usigli de la realidad capitalina de 1940 es manufactura de un talento oficioso de observador constante de la realidad, que lejos de ser sui generis por su particularidad en esta novela, lo es por ser una constante en su producción literaria. Su perspicaz observación de la realidad mexicana es plasmada con agudeza crítica a lo largo de su producción dramática. Autor de un sin número de obras a las que les fue casi imposible o imposible verse en un escenario por el frontal cuestionamiento de la realidad mexicana, Usigli tal vez –y como afirma José Emilio Pacheco – escribe Ensayo de un crimen en respuesta a esas dificultades de su producción dramática.
No importa cual fuera el impulso que lo llevo a legar a las letras mexicanas Ensayo de un crimen, la novela se presenta a nosotros como un continuum del propósito usigliano de su obra: “Quise dar imágenes de la vida de México tal como la había visto. Dar en forma dramática [dar en su obra] una especie de crónica de la vida mexicana” le dice a Margarita García Flores en una entrevista dos años antes de su fallecimiento (1985, 18); gracias a Usigli a la sociedad mexicana de su tiempo le fue posible experimentar –cuando lograron llegar a escena- un teatro en el que vio debatirse sobre un escenario “los problemas de aquí y el ahora de un modo tan directo y ambicioso como pocos han vuelto a enfrentarlos, para no encontrarse, igual que Usigli irrepresentados e impublicados” (1981:11).
Dentro de este rasgo de la obra usigliana la relación que guarda El Gesticulador, Medio tono, Jano es una muchacha, La mujer no hace milagros -por mencionar sólo algunas-, con Ensayo de un crimen es precisamente esta “crónica de la vida mexicana” como le tocó observarla, vivirla y escribirla a Rodolfo Usigli. Gran estudioso del teatro griego y admirador de Bernard Shaw, no es sorprendente que este rasgo tan distintivo de su obra nazca de estas dos principales vertientes. Shaw, para quien el realismo teatral no es ilusionismo escénico, sino que a través de realismo y escena es posible poner en juicio a la sociedad y plantear problemáticas de la vida moderna, esto es, introducir una verdadera discusión al teatro; Usigli hace suya esta idea y la desarrolla en el teatro mexicano. La idea de mímesis que plantea Aristóteles en la poética se enriquece con la idea de Shaw y las posibilidades que ofrece la novela policiaca en Ensayo de un Crimen.
De acuerdo con La poética de Aristóteles, la mímesis no existe por sí misma, sino que se concretiza cuando ésta toma forma por medio del lenguaje (Aristóteles, 2001:63-64) con una representación artística[1] y un propósito de reacción del espectador/lector al verse confrontado con la acción de la trama[2]. En el Diccionario de Retórica y poética, la idea grecolatina de la mímesis como imitación de la realidad, aparece redondeada por Heinrich Lausberg, al enunciar que constituye un instrumento cognoscitivo ontológico/sociológico que se sirve tanto de la lengua como de prácticas mentales en el contexto vigente en el contorno social (Beristáin,1985:332-333). Esto es, la mímesis se concreta en la literatura; es a un mismo tiempo, una finalidad y una característica puesto que, como finalidad busca la verosimilitud de lo que se construye a partir del lenguaje; y una característica, puesto que la literatura no pervive sin un grado mínimo de verosimilitud.
La mimesis se redimensiona cuando en la obra, cumple como fin en sí, el redondeo del término que hace Lausberg, es decir, cuando la obra nos ofrece un grado de mímesis que nos permite conocer ontológica y sociológicamente, costumbres e ideología de la sociedad en la que se inscribe la obra. El hecho de que Usigli nos diga a modo de recapitulación que su obra tiene como finalidad ofrecer una serie de imágenes a modo de crónica de la vida de la capital mexicana que experimentó, nos revela que su obra cumple con esta función de la mímesis que nos enuncia Lausberg. La forma en que plasma la realidad capitalina mexicana a lo largo de la novela ha hecho plantear a algunos críticos que esta es una de las primeras novelas que vuelve un personaje a la ciudad de México.
Parece más conciso afirmar que Usigli constituye esta mímesis de la ciudad de México más en consonancia con el concepto grecolatino del término, esto es, la mímesis por ser imitación de acciones, se convierte en el eje de la trama. Para Usigli esa crónica, ese reflejo de la sociedad en el momento que le toco vivir y su espacio es el eje que determina el contenido de su obra. Atento, minucioso y crítico observador, Usigli logra crear en Ensayo de un crimen la sensación vivida de la ciudad de México, sus ambientes, sus personajes, sus espacios, gracias a que estos elementos se constituyen en pluralidad y unidad de manera simultánea; efecto narrativo logrado a que sigue de la tradición grecolatina la premisa de la mímesis: la mímesis es imitación de una acción, la imitación de hombres que actúan y la imitación de la acción es lo que constituye la trama. Carácter, acción, mímesis e historia se conjugan.
Rodolfo Usigli no deja ningún cabo suelto: Roberto de la Cruz, representa perfectamente la figura del flâneur[3], lo cual permite al lector seguir la movilidad del protagonista en persecución de sensaciones estéticas y en la búsqueda por cumplir su destino criminal –que es también una búsqueda estética-, y experimentar, en una sensación análoga a la de una cámara que sigue al protagonista, la ciudad de México.
Aficionado lector de novela policiaca a las que era asiduo con el propósito de “conservar su agilidad mental” (Olloqui, 2001:104), Rodolfo Usigli, encuentra un sinfín de posibilidades para dar seguimiento a su idea de relación entre realidad y literatura.
Situada, por su génesis y desarrollo, en la intersección de la literatura popular y culta, la literatura policiaca ofrece a Rodolfo Usigli un amplio espectro de posibilidades para la creación narrativa. Aun cuando todavía algunos críticos discuten sobre antecedentes y precursores, todos otorgan a Edgar Allan Poe la paternidad del género policiaco, puesto que es quien sienta los elementos y características que constituyen esta modalidad narrativa con la publicación de “Los asesinatos de la Calle Morgue” en 1841. Narrativa en donde se enfrentan la razón de las deducciones que resolverán felizmente la irracionalidad del crimen en una sociedad que vive ya en la urbe moderna y ha creado los cuerpos de policía.
En las primeras décadas del naciente siglo XX, la novela policiaca evoluciona. La disputa entre racionalidad-irracionalidad y la concepción del crimen se reorientan para retratar nuevas problemáticas sociales. El crimen ya no cuestiona la racionalidad de los individuos, sino que está subordinado a la moral y ética de los sujetos, tanto “policías” como “criminales”; los papeles tradicionales de policía y criminal no están forzosamente de acuerdo (de hecho es difícil que coincidan) con la polarización tradicional de buenos y malos; el juego estético del rompecabezas de la historia se altera con el empleo de un discurso y estética de lo narrado de crudeza y realismo que carecerá de un final feliz. A esta novela policiaca se le conoce como “novela negra”.
Una segunda evolución de la novela policiaca es la que se denomina psicológica o costumbrista[4], en esta novela el detective basa su investigación no en deducciones sino que se ayuda en la investigación de hechos y es un sujeto cuestionable desde el punto de vista moral de una sociedad de dobles morales, pero que su código ético aun con sus contradicciones es coherente. En esta novela hay una mayor introspección e interiorización de los personajes y una amplia y variada descripción ambiental y hasta costumbrista, con lo que adquiere un carácter más pictórico. La visión de la sociedad no se traduce en una crítica cruda como en la novela negra, sino que pierde su dureza.
Usigli en Ensayo de un crimen crea su propio divertimento policiaco tomando elementos de los distintos momentos del género: un investigador ex-policia, una sociedad que se retrata en diversos ambientes y estratos sociales siempre ante una mirada crítica, el México “del beso y la puñalda” (Usigli, 1986:102), la resolución de un crimen por parte del detective escondida en la historia del portagonista, un hombre que persigue su destino en la perpetración de un crimen.
La novela mantiene paralelas en la historia la persecución de Roberto de la Cruz por perpetrar el crimen gratuito en un acto estético y la resolución del verdadero caso policiaco ¿quién ha cometido realmente los asesinatos del conde Schwartzemberg y Patricia Terrazas? El juego estético en la novela se teje en dos rompecabezas simultáneos: el que intenta armar Roberto de la Cruz para cumplir su destino criminal y el que el inspector Valentín Herrera intenta resolver los crímenes precisamente de los sujetos que de la Cruz selecciona como blancos, pero que finalmente son crímenes fallidos pues alguien más los comete. Más allá de buscar empatías exactas con la clasificación antes expuesta, es preciso observar que, conocedor del género, Usigli toma elementos de uno y otro subgénero para construir la trama; mas siempre fiel a la íntima relación de guarda la novela policiaca con la ciudad, por dar nacimiento al género y por ser un espejo de ella y sus individuos.
La ciudad plasmada traspasa la novela misma: trama, personajes y lectura. Como personaje es una presencia constante que se relaciona íntimamente con los otros; como elemento de la trama, es ella quién determina el proceder de los personajes, los crea, y les permite actuar de acuerdo con el espacio y ambiente; y al lector lo transporta a experimentar por contagio de imágenes y sensaciones la ciudad. Otro aspecto mimético crucial es la convivencia de personajes reales e irreales dentro de la novela: el Conde Schwartzemberg posible inspiración de Don Agustín Schultzemberg, Manuel Rodríguez Lozano y su estancia penitenciaria, y los reflejos personales de Rodolfo Usigli en Roberto de la Cruz, entre los fehacientes ecos de la realidad.
La Ciudad.
El narrador de Ensayo de un crimen dista mucho de ser indiferente a la ciudad, a partir de él no sólo “vemos” la capital mexicana, sino que la (re)conocemos a partir del retrato que hace de ella con la acuciosa descripción, pero también a partir de la inserción de sus apreciaciones narrador, frases populares -a media voz o a voz abierta- o comunes en torno a la vida del mexicano, de lo mexicano o de la ciudad de México.
En la ciudad de México de Ensayo de un crimen México equivale a lo mexicano en fondo y forma, en su manera de ser y comportarse, de sentir y de pensar; México también como un todo plural, diverso, contrastante México es “siempre invadido por extraños”, revierte la conquista en el turista en una ciudad casi inalterable por el cambio de estaciones, “¿Cuál primavera? En México no se observa nada, no hay grandes ceremonias rituales del cambio de estación” (1984:13). Ciudad moderna, ahora estridente en donde los conductores mexicanos inundan el silencio en un interminable claxon, los cilindreros tocan discordantes melodías variopintas, los comerciantes se debate con los turistas por precios, la chicas salen del templo para ir a tomar un café, etc. Rodolfo Usigli recrea esa ciudad de México a partir de los espacios como ambientes, permitiéndonos de esta menera observar la dinámica social de cada espacio.
En el Sanborn’s de la casa de los Azulejos observa: “Era el momento de la tregua entre el almuerzo y el té; […] las meseras con sus trajes falsamente aborígenes, cuchicheaban reunidas en pequeños grupos […]” (1986: 69). Usigli emplea la palabra apropiada para cada acción: cuchichear.
Por otro lado su mirada, distante y acuciosa provoca la sensación de traspasar lo observado: “Inspeccionó también, sin impertinencias, a sus escasos vecinos,” nos comenta poco más adelante en esta secuencia narrativa. Pero su mirada no es neutra, pues así como nos remarca que los uniformes de las meseras son remedos de trajes típicos mexicanos, de igual manera nos describe la composición de las mesas colocando el adjetivo exacto, la información precisa para hacernos ver más allá de las figuras que nos describe y llegar a compartir en una sonrisa, la mirada acre del narrador: “un grupo de americanos en una mesa, y el mixto grupo de economistas, periodistas y pseudoliteratos que se reunían cotidianamente a tomar café. Más allá estaban los marxistas con empleo oficial.” (las cursivas son mías) (1986:69-70). Roberto de la Cruz se regodea en la contemplación, en el disfrute de observar, su mirada se convierte en la nuestra, y su voz en la reflexión analítica de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Decribe, más que narrarnos que sucede y su descripción “narrada” lleva implícita una crítica que se esconde en la sutileza de la leve carga emotiva de la descripción: los marxistas con empleo oficial, los pseudoliteratos.
En un espacio de acceso para estrato social sobre la clase media, Roberto de la Cruz, curiosamente nos hace observar la cursilería de los personajes que pueblan este espacio: la “gente bien”. La contemplación de nuestro protagonista nos descubre la mirada del “peculiar del mexicano” al pasar revista a los transeúntes que pasan frente al restaurante “Lady Baltimore”, mirada que sólo puede desarrollarse con dos intenciones “la de desnudar con una insolencia revolucionaria, de mercader grosero de cosas baratas, o la de decir: ‘Mira qué guapo soy. ¿Qué tal te verías conmigo?
[1] La Real Academia Española de la lengua define en su primera acepción a la mímesis como, imitación de la naturaleza que como finalidad esencial tiene el arte en la estética clásica
[2] Trama aquí es entendido en el sentido aristotélico que se plantea en La poética, es decir, la imitación de la acción. El desarrollo de la acción imitada en la concreción del lenguaje.
[3] Personne qui aime se promener sans hâte, en s’abandonnant a l’impression et au spectacle du moment (Persona que gusta de pasearse sin prisa, abandonándose a la impresión y espectáculo del momento). Le Robert micro, 2006.
[4] Seguimos la clasificación que José Colmeiro plantea pues sintetiza de una manera más sencilla las principales características de las narraciones policiacas de acuerdo con el juego estético de la trama y la forma en que se caracterizan los personajes (criminales, detectives, policías y víctimas) y la sociedad. (Colmeiro, 1994:63 )

lunes, 16 de junio de 2008

Entropía y redundancia

¿Evitar la redundancia?



En nuestras primitivas etapas de entendimiento debemos asumir que todo acontecimiento ocurre al azar, que los acontecimientos no se interrelacionan, que el mundo es completamente incierto y desordenado. Los físicos tienen un término para esta ambigüedad: la llaman entropía. Al ir comenzando el relato de los acontecimientos, se impone una estructura de ellos; reducimos nuestra ambigüedad, reducimos la entropía.

El intento de reducir la entropía es uno de los propósitos del hombre en su deseo de realizar su medio ambiente. Llevamos este intento dentro de nuestra conducta del lenguaje e imponemos estructuras que aumentan nuestra capacidad de predecir.

Por ejemplo, en castellano, la letra q es siempre seguida de la u. No hay palabras que contengan la q sin ser seguida de la u. Cuando vemos una q, podemos prever que la próxima letra será u, y nuestra previsión será cierta. La probabilidad de una q sin la u se reduce a cero; no hay incertidumbre, no hay entropía.

Podemos considerar esto como una forma de repetición o reiteración. El término técnico para esta relación es redundancia. Definimos la redundancia como el complemento de la entropía. Al aumentar la entropía disminuye la redundancia. Al aumentar la redundancia disminuye la entropía o incertidumbre. Mencionamos esto para ilustrar el hecho de que la redundancia en la comunicación no debe ser vista como inconveniente.

No formulamos una crítica sobre el mensaje al decir que es redundante. Todos los mensajes son redundantes en variados grados. El lenguaje tiene estructurada, dentro de sí mismo, esta redundancia. La cuestión no radica en si es redundante o no el mensaje, sino en cuándo la redundancia es útil para aumentar el efecto del mensaje sobre el receptor.

La redundancia necesaria para aumentar la comprensión o la aceptación es conveniente, satisfactoria; la que no es necesaria para el receptor es superflua. En ambos casos, la redundancia se deriva de las relaciones signo-a-signo dentro del lenguaje, del alcance con que podemos prever un signo a partir de otro, de las relaciones estructurales y los significados que tenemos para estas relaciones.



BERLO, DAVID K. (1971) El proceso de la comunicación, Buenos Aires, Ed. El Ateneo, , pp. 153-154.